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El suelo perfecto para el arado

Tempero y el estado óptimo del suelo para labrar

Llevamos unos días hablando de los beneficios y los inconvenientes de labrar el suelo. Comentamos en un artículo las ventajas de hacerlo y también dedicamos otro artículo totalmente a lo opuesto, la no labranza. Para aquellos que practican el arado del suelo, es conveniente conocer qué momento es el ideal para realizarlo. Esto se conoce como tempero. Vamos a verlo.

Sólo hay que hacer la comprobación o ver un suelo cuando se ara sin la suficiente humedad. Salen unos terrones randes de tierra, muy compactos. Luego, tras este arado previo, es necesario un nuevo pase (una labor complementaria) para romper dichos terrones y dejar el suelo perfecto para sembrar.

Caso contrario sería cuando realizamos el arado con un suelo que ha acumulado bastante humedad. Ya sea porque ha llovido sobre la zona o se ha regado hace poco. Al arar dicho suelo nos encontramos con que, a parte de que la tierra se queda pegada a todas las herramientas de labrado, se forma una masa “acementada” que para nada es beneficiosa a la hora de sembrar.

 

Buscando el momento exacto para labrar, el tempero

Como ninguno de estos dos ejemplos es el ideal, tenemos que buscar el término medio, lo cuál no es nada fácil.

Un agricultor puede esperar unos cuantos días a que la tierra “se seque” después de que haya llovido. Sin embargo, si la zona es seca y hace mucho tiempo que no cae agua del cielo, buscar el tempero es, por así decirlo, imposible.

A menudo se debe recurrir a dejar la tierra con terrones después de arar y, después, realizar una labor complementaria para romperlos y que quede el suelo preparado para la plantación.

El valor del tempero no suele establecerse de forma experimental, más bien intuitiva. El agricultor experimentado es capaz de reconocer un suelo en tempero con sólo mirarlo o recoger una muestra en la mano.

¿En qué se basa el tempero?

Desde el punto de vista técnico, la palabra tempero está relacionada con las fuerzas de cohesión o la plasticidad que un suelo tiene. Cuando un suelo está seco, es decir, el nivel de humedad es mínimo, se agrieta, es bastante frágil y se disgrega con facilidad. Cuando caminamos sobre él no es capaz de deformarse sin romperse.

Como hemos dicho, este suelo formará grandes agregados de tierra (conocidos como terrones), a menudo de varios kilogramos de peso, que imposibilitan cualquier plantación. La semilla se perdería entre tantos huecos. Es el estado seco.

En el estado plástico, el suelo alberga suficiente humedad para deformarse sin romperse en agregados más pequeños. Es un estado bastante oportuno pues, al arar, no se forman grandes masas de tierra.

Por último, después de una gran lluvia o “riego a manta”, el suelo alberga muchísima humedad. Se dice que está en estado líquido, no es más que barro, una masa de tierra con mucha agua que al estrujarla libera líquido que se escurre entre las manos. Obviamente, el arado es impensable.

¿Cuándo realizar el arado?

Para llegar a clasificarlo dentro de un punto de estos tres estados, podríamos decir que el tempero es un punto intermedio entre el estado seco y el plástico. Es decir, la labor permite que no se formen grandes agregados ni tampoco tenga tanta humedad el suelo como para dificultar el trabajo.

Suelo seco sin tempero

Un suelo muy seco dificulta enormemente las labores de arado

Para añadir un aspecto más técnico al asunto, y no dejarlo a manos del ojo experto del agricultor, dicho estado de tempero se encuentra cuando tiene una humedad superior a la mínima en la que el suelo se puede deformar y no romper, y menor humedad que cuando introducimos un objeto con punta en el suelo y se queda tierra pegada en él.

Sí, la verdad que es algo difícil de explicar…

¿Por qué realizar la labor con tempero?

Simple y llanamente, porque ofrece mayores ventajas que hacerlo en otro momento. Cuando el suelo está muy seco, ofrece una gran resistencia al avance del apero, por lo que el coste de la operación aumentará considerablemente.

Por otra parte, el resultado impide realizar la siembra directa.

Si el suelo está muy húmedo, cuando pasa el apero y el tractor por la tierra, se deforma hasta tal punto que se forma la “suela de labor”, la huella del neumático que suele delatar dicha operación de labrado. Si hay mucha agua en el suelo, la maquinaria resbala y dificulta su adherencia, por lo que el coste también será mayor.

El tempero, finalmente, es una recomendación para todos aquellos que aréis vuestro suelo, si las condiciones físicas de éste no son buenas y necesitéis mejorarlas. Recordad que esta operación tiene ventajas y también desventajas. Habrá que estudiar cada caso por separado, como hemos intentado hacer nosotros.

Fuente:  Agromática.